jueves, 27 de diciembre de 2018

HMDS PERÚ 2018

     "Sé impaciente. Las cosas pasan a la gente que no espera" 



Equipaso 49 o también llamado informalmente, pisco power 49

Por orden de aparición:

Mariano (Mari), amigo argentino al que conocí el año pasado en la carrera de las 100 millas del Himalaya. “Culpable” principal de mi participación en esta carrera peruana. Niño precioso al que una adora desde el minuto 1, por su amabilidad, extroversión y energía.

Marcelo, papá de Mari (rebautizado como “papi” para mí o “la radio” para el resto del equipo). Personaje incombustible, dicharachero y socializador, con el que reí todo lo reíble.

Rami, amigo argentino de Mari de Luján. Niño risueño, bondadoso y atento, con el que compartí dolores de ampollas desde el primer día al último. De esos amigos que sabes que siempre estarán ahí cuando los necesites y cuando no, también.

Edu, (tronco para los amigos), niño de Madrid, residente en Guatemala y amigo de Mari por haber sido compañeros de piso en NY mucho tiempo. Un tío adorable, sincero y cariñoso donde los haya, pero al que más vale regalarle un traje de Armani, que invitarle a comer.

Carlos, niño español (de Bilbao), residente en NY. De esos niños que una quisiera adoptar como hijo, por su responsabilidad, orden y empatía hacia los demás. Subcampeón en la fiesta por etapas, posterior a la carrera por etapas.

Hervé, niño francés, residente en NY, con un español perfecto. La elegancia, educación y discreción típicas francesas, representadas totalmente en él…pero con un plus, la alegría y la risa. Creo que fue al que más oí reír de todos, con esa risa sincera tan bonita que tiene.

 Sentí que tenía el viaje gafado cuando la semana anterior a mi vuelo a Lima, Iberia inició una huelga. Fue tal el agobio y los quebraderos de cabeza que aquello me produjo, que llegué prácticamente a olvidar que me iba a una carrera por el desierto.

Con la ayuda de mi prima Magda y bastantes horas sin dormir, conseguí encontrar solución al problema, quedándome sin vuelo a 3 días vista. No tuve más opción que comprar uno nuevo, blasfemar en arameo y esperar a que todo saliera como deseaba.

Mi relax después de toda la semana de nervios, llegó cuando mis amigos Marijose y Félix me dejaron a tiempo en el aeropuerto de Barajas y vi que todo empezaba a fluir.

Allí ya me encontré con los primeros corredores con los que compartiría carrera y fue allí también, cuando al verlos a todos cargados con las mochilas para la autosuficiencia, me di cuenta de que me había dejado en casa los portabidones.

Poco podía hacer en ese momento ya, así que opté por no pensar, subirme al avión y arrearme 10 horas de las 12 que duraba el vuelo, de sueño reparador y necesario.

Y de repente, Lima, a las 7 de la mañana.


Salí, busqué el autobús que me llevaba a Miraflores y me senté en un bordillo a esperar a que fuera la hora. Hacía calor y mucha humedad y yo iba abrigada tipo esquimal recién llegada del invierno, por lo que meterme dentro del bus, ni se me pasó por la cabeza.

Se me acerca un chico peruano y empieza a hacerme preguntas sobre carreras, mi mochila, mis zapatillas. No entiendo muy bien cómo ha podido saber que voy a correr ni porqué estoy allí y menos todavía cuando al ratito se acerca otro, esta vez venezolano y empieza a hacerme preguntas sobre qué me aporta el correr a nivel psicológico.

Cuando va a dar salida mi autobús, el misterio se aclara. Y es que pensaban que iba a subir en su mismo autobús, que resultaba ser el que transportaba a los voluntarios de la organización hasta el desierto.

Acababa de llegar y ya era amiga de Eusebio y Daniel, dos de los voluntarios de la carrera, que hicieron de mi “paseo” por las dunas, un cúmulo de momentos de alegría, fuerza y ánimos.

Llego a mi parada, cerquita del hotel en el que he quedado con mi amigo Mariano y su papá. Voy caminando por las calles de Lima, casi teniendo que pellizcarme porque me parece increíble estar rondando por allí.

Avisan a Mari y baja a buscarme, dándonos una alegría tremenda el reencuentro. Conozco a Marce (su papi) y desayunamos los 3 juntos.


Mientras Mari se organiza con sus maletas (trabajo arduo de cojones), Marce y yo nos vamos de mercadillos por Lima (y de risas, que ya empecé a reírme con él y sus conversaciones infinitas con todo cristo). 


Cuando volvemos, ya ha empezado a aparecer el resto de compañeros de equipo.

No puedo negar que al principio me siento un poco como fuera de lugar, todos amigos de Mari, chavales 20 años más jóvenes que yo (excepto papi) y con una pinta corredores-máquinas que tiran patrás.

Poco es el tiempo que me dura esa sensación, pues son encantadores y me tratan como a una más desde el primer momento.

Pasamos el resto del día paseando por Lima, comiendo deliciosos ceviches, bebiendo las primeras cusqueñas (de muchas) y hasta saboreando unas deliciosas crepes frente al mar.


A las 22.30 tenemos el encuentro con el resto de corredores y la organización, para salir en autobús hacia el desierto (8 horas de viaje nos separan de la línea de salida, nada menos).

El autobús es espectacular, con unos asientos abatibles tamaño XL, que hacen de nuestro viaje nocturno un disfrute dormilón tipo Blancanieves (no pongo fotos comprometedoras de esos momentos, que mis niños me matan…ya nos hemos reído bastante gracias a ellas).


Aún siendo así de cómodo, unir 12 horas de avión, con caminar por Lima, más 8 horas de bus, supusieron para mis pies y pantorrillas, un inflamatorio tipo bombín.

Llegamos al campamento de buena mañana, admirando el paisaje maravilloso que nos iba a acompañar durante varios días. Unir desierto y mar, dos obras de la naturaleza tan mágicas, te lleva a no creer ni dónde estás.


Tal cual bajamos de los camiones militares a los que nos han subido para llevarnos por el último tramo arenoso del desierto, hemos de preparar nuestras mochilas, para dejar a la organización lo que no vamos a necesitar.

Se acabaron las tonterías, ahí ya, lo que llevas es lo que vas cargar a la espalda toda la carrera, por lo que minimizar, se convierte en el verbo más presente en tu cabeza.

Pasamos los controles médicos y mochileros, nos dan los dorsales y las bolsas de plástico para el wc. Somos aptos los 7, unas máquinas de la salud total (en especial Marce y yo, que los demás, están hechos unos pipiolos todavía).



El resto del día lo dedicamos a pasear, meternos en el agua (fría de cojones la del pacífico), charlar, comer y como no, reír.



Ese día todavía tenemos la suerte de disfrutar de las comidas que nos prepara la organización, así que no dejamos ni una miga en los platos.


Pronto se apagan las luces de nuestros frontales, para dar paso a la primera noche de incomodidad en el desierto.


ETAPA 1, 26.6 kms

Sorprendentemente duermo bien. El despertador suena a las 5.30, ya completamente de día, justo 2 horas antes de iniciarse la carrera. Parece que vas sobrado de tiempo y que es una exageración levantarse con tanta antelación, pero entre desayunar encendiendo el fuego, calentar el agua, comer y después preparar la mochila con todo (doblar saco de dormir, esterilla, poner agua en los bidones, untarte crema solar, esperar a que el cazo de calentar enfríe para ponerlo dentro y colocar todo convenientemente para que corriendo no te moleste), de repente avisan de que ya hay que ir hacia la línea de salida.
  


Nada más ponerme las zapatillas pienso que mis pies van a sufrir de lo lindo, no sé si por las horas de avión + bus o si porque a estas alturas juveniles de mi vida, aún me están creciendo, pero noto cómo la plantilla me roza de manera considerable contra el puente del pie y lo mismo me pasa con los dedos.
¡Susto…no pienses, no pienses!


Vamos juntos hacia la salida, con ilusión nos abrazamos los 7, nos damos fuerza y ánimos y nos despedimos como si fuésemos directos al batallón.

Equipaso 49, ¡¡¡en modo ON!!!

Aquello empieza más o menos fácil. Bueno, fácil nunca es correr por arena blanda del desierto y cargada con 8kgs a la espalda, pero vamos, que los primeros 10kms hasta el primer avituallamiento, eran sin dunas…cosa muy de agradecer para empezar algo más tranquila. 


Voy unos tramos con alguna francesa, luego con un par de peruanos con los que me río un rato (me enseñan cómo he de pedir las cervezas “chelas” cuando acabemos la carrera) y así, corriendo, dándome ánimos con los que me pasan o voy pasando, haciendo fotos bonitas del rompeolas cerquita nuestra, llego al primer avituallamiento situado en el km 10.6.


A la misma vez que vislumbro a lo lejos las carpas del avituallamiento, miro hacia la izquierda y veo una duna tipo paredón vertical, por donde están subiendo ya puntitos de colores (que mis ojos miopes no quieren creer que son corredores). ¡Madre del amor hermoso! pero ¿qué es eso?¿qué clase de broma es ésta a las 9 de la mañana, con las legañas todavía sin quitar????


En el avituallamiento, me encuentro con mis queridos Eusebio y Daniel, que me dan ánimos y energía empujadora para intentar mirar aquella subida hasta con una sonrisa en la boca (era cosa de reír o llorar…menos mal que yo soy más de lo primero).


No sé cuánto medía aquella duna (montaña), pero tardé mil horas en alcanzar la cima, teniendo incluso que ir a 4 patas en algunos tramos, en los que encima se me llevaba el aire.



Como todo lo que cuesta tiene su recompensa, las vistas desde lo alto, simplemente son breathless (sin respiración te dejaban, vamos). Un espectáculo visual que te ponía la piel de gallina.



A partir de ahí, ya tengo la mente en el siguiente avituallamiento, que como tiene un trayecto más cómodo, llega en poco y menos, km 15.7.


Hace cada vez más calor y noto cómo me voy quemando por todas partes a pesar de llevar crema solar más que de sobra. A través de las gafas de sol, me veo roja como un tomate, pero si me miro sin ellas, no. Pienso que es un efecto de cristales y no le doy mayor importancia.

Los kms van pasando, hablando con los que me voy encontrando por el camino, corriendo a tramos, dejándome llevar por el aire en otros, tirando de tendón de Aquiles (que me lo noto más tenso que las cuerdas de una guitarra)…pero sobre todo, cagándome en mis muelas por no llevar portabidones, ya que tener que sacar cada vez el agua de la mochila o de la riñonera para poder beber, hace que se me olvide o me de pereza y tenga más sed que un día de resaca. Deshidratada total.

Veo a lo lejos y desde arriba, el campamento, feliz de pensar que encima es en bajada…pero cuando decido ponerme a correr rápido, el dolor que siento en las puntas de los pies y en la planta, me ponen en guardia. Puff…¡¡con lo que me queda aún y ya tengo los pies hechos a banderas!! Corro doblando el pie hacia un lado para sentir menos dolor y voy bajando como puedo.


Al acercarme al campamento, ya veo en nuestra esquinita, salir a mis compis del equipaso 49 alzando los brazos y chillando… “vamooooossss Sylvie, daleeeee, vengaaaaaa”… y todo por arena blanda, que mecagoentodoloquesemenea, qué puñetera es para correr!!!

Al pasar por su lado, les voy chocando las manos y les digo que sigo corriendo porque me están mirando ellos, que, si no, ni de coña…

Cruzo la meta feliz de tener ya metida en vena la primera etapa y más aún, la arena del desierto.

ETAPA 2, 67kms reducidos.

Duermo fatal la segunda noche, creo que el haberme visto ya ampollas en la planta del pie, me ha acojonado sobremanera. Rami y yo nos habíamos hecho por la tarde unas curas de corte y confección con aguja e hilo, pero, aun así, me molestan. Alfonso, un podólogo español que también corre, me da vendas para taparlas bien, pero no hay más solución que aceptar y aguantar el tipo como sea…pues todos sabemos que, si acabamos la larga, ya está la carrera prácticamente hecha.

Mi mal dormir también debió tener que ver con el habernos informado la tarde anterior de que en lugar de empezar la carrera a las 7.30, la empezaríamos a las 5.30 (lo que supuso levantarse a las 3.30…todos, menos Mariano, que siempre apura y se queda soñando hasta la hora del desayuno). Carlos nos hace de despertador y aún a oscuras, hemos de empezar a preparar de nuevo todo.

Nos llevamos una grata sorpresa (bueno, yo sí) cuando el director de carrera nos dice que han decidido acortar unos kms la etapa larga, debido a que la niebla que se forma sobre las altas dunas, impide totalmente la visibilidad (sobre todo al atardecer, que es cuando se supone que pueden finalizar muchos la etapa; entre ellos, yo).



Se da la salida y para arriba que nos vamos.
Y venga para arriba…una duna y otra duna más…

A pesar de ellas, voy disfrutando bastante de la etapa. Al ser temprano, el calor no es “insolador” y se lleva bien todavía.



Poco después de pasar el primer avituallamiento, alguien se me acerca por detrás y me dice… “cómo corren esas piernas de catalana” (no es que yo sea catalana, pero era un comentario, que sabía tenía que ver con alguno de mis compis de campamento) … ¿y quién iba a ser sino Marcelo?...


Voy con Marce un rato, en el que aprovechamos, como no, su divertidísima vena fotográfica de “despiste” …haciéndonos algunas fotos de esas “improvisadas”. Me acuerdo y me entra la risa floja.

Él que corre genial y se ha entrenado muy bien, poco después sigue adelante, haciendo su propia carrera.

El paisaje por ese tramo largo de dunas es simplemente maravilloso. Estamos rodeados de ellas. Son como un reflejo de piel suave, de terciopelo hecho de arena. Todos los corredores vamos alucinados observando hacia todas partes, a cuál más bella. Las fotos no hacen justicia con lo que observan nuestros ojos, pero no sientes más que deseos de fotografiarlo todo para que no se te olvide nunca.


Antes de llegar al 2º avituallamiento, me encuentro con la francesa que conocí el primer día en el aeropuerto y nos pegamos una charla super agradable durante unos cuantos kms.

A medida que pasan las horas de carrera y etapas, vas conociendo a todos los que suelen llevar tu mismo ritmo o similar porque te cruzas mil veces con ellos…como solemos decir en términos corredores, "vas haciendo la goma", ahora te paso, ahora me pasas y en ese espacio de tiempo, nos damos siempre un poco de charla.


Voy entretenida, aunque meándome lo que no está escrito y justo en ese momento en que acaba la zona de las enormes dunas, veo allá a lo lejos, el siguiente avituallamiento.

Lejos, no tiene el mismo significado en el desierto que en una ciudad cualquiera. Cuando algo está lejos en el desierto, aunque llegues incluso a alcanzarlo con la mirada, es que está sobre 8 o 10 kms más allá.

El desierto de Ica es un desierto protegido, en el que no está permitido mear ni defecar fuera del lugar indicado para ello…(que, en nuestro caso, eran los wc en los avituallamientos).

Voy que no puedo con mi vejiga y desde donde estoy en ese momento, veo el siguiente avituallamiento a años luz de allí.

En la curva por la que hay que girar, veo un camión de la organización estacionado, con un tipo allí sentado vigilando que nadie se equivoque de camino. Voy hacia él y con cara de angelito meón apenado y suplicador (el Manneken pis lo menos), le pregunto si me podría dejar mear detrás del camión. Sorprendentemente me dice que sí, pero que hay gente durmiendo dentro y que igual se despiertan si me ven…¡¡y a mí quéeeeeeeeeeeeeee!!!!...yo solo quiero mear!!!...como si me toca mear dentro y al lado de ellos!!!...

¡¡Qué alivio poder seguir con la vejiga vacía…1 kg menos fijo que cargar!!

Empezamos a ir por una recta inhumana tipo descampado infinito…una recta de esas con final feliz (el avituallamiento dichoso), pero que debía tener todas las ventanas del universo abiertas de par en par…¡¡¡Qué aire por dios!!!...increíble la dificultad hasta para caminar, ni qué decir tiene, para correr!!

La puñetera gorra con el volante ese tapa-cuellos, se me empieza a volar cada dos por tres. Y venga a tener que ir a por ella…y una vez, y dos veces, y tres veces…y a la de 4, ya hasta los mismísimos ovarios, decido que me la quito, la guardo y me pongo el buff tipo diadema. 
Con la ventolera, me parecía que no hacía tanto sol, así que fui de esta guisa hasta el final de la etapa (más de 20kms seguro).

Llego al avituallamiento y allí me recibe Dani, que va loco cogiendo todo lo que se les sale volando de tanto aire. Nos damos un super abrazo, me ayuda a reponer agua en mis botellas (que por si no tuviese suficiente yendo sin portabidones, encima se me salía el agua de una de ellas y la tuve que tirar…¡menos mal que el bueno de Hervé, me dejó una de las suyas!).


Me da subidón con sus frases de psicólogo animador máximo… ¡¡“venga, que de aquí te vas ya al último avituallamiento y después meta”!!

El tramo desde ahí hasta el último avituallamiento, lo recuerdo como algo loco total. No podía más que mirar hacia la arena de debajo de mis pies, para no cegarme con los granos que me daban en la cara. El viento silbaba todas las canciones habidas y por haber. Llegué incluso a meter en mi mente como un mantra-estribillo de canción inventada, que fuese al mismo ritmo que mis pasos. Para no pensar, para avanzar en modo piloto automático. El aire venía en contra sin parar y te desesperaba.

Alcanzo a un chaval argentino que va haciendo la carrera descalzo. Hablo con él y le declaro mi total admiración. No sé cómo puede aguantar lo mucho que quema la arena, ni las piedrecitas diminutas que inundan esos kilómetros del camino. Mucho no podemos hablar, porque si abres la boca, te tragas medio desierto, así que seguimos los dos hacia adelante en posición ángulo agudo, en contra del viento.

A lo lejos (otra vez ese lejos kilométrico), empieza a verse el horizonte vacío tras las dunas, que te lleva a adivinar la llegada al mar. No se ve, pero todos sabemos que, después de ese final, tendremos la maravillosa cuesta de bajada hacia la playa y de ahí, los últimos 10kms hasta meta. ¡¡Ya lo tenemos casi!!!!!!!!!! pienso… (ilusa de mí).


La bajada (misma super duna que subimos el primer día de carrera), es brutal. Me duelen los dedos de los pies cosa mala, pero borro de mi cabeza la existencia de mis extremidades inferiores y bajo disfrutando de las maravillosas vistas y de la ley de gravedad, como si no hubiera un mañana.
Último avituallamiento. Por fin. Me saco unos frutos secos, bebo y con toda la alegría de la que soy capaz, salgo a por esos últimos 10kms cercanos a la playa.


Ese tramo lo conozco y me vengo arriba al saber que yendo todo recto (aunque por arena blanda de cojones), voy a terminar en nada y menos.

A falta de 5 kms o así, veo otra línea de puntitos de colores subir por una duna alta y no doy crédito. Mis ojos hacen esfuerzos máximos intentando fijarse en si esos puntos se mueven o no. “Igual no son corredores” (quiero pensar con toda mi fe y esperanza), pero a medida que me voy acercando y veo que se mueven, me quiero morir. Me acuerdo en ese momento del director de carrera y toda su familia al completo. 

Subo a ritmo tortuga herniada, intentando animarme pensando en que, tras la duna, ya veré el campamento y todo será hacia abajo.

No es en esa cima todavía cuando veo el campamento, sino en la siguiente (mejor no transcribo mis pensamientos de ese momento).

Veo el arco de meta a lo lejos y aunque la arena es megablanda, ¡¡¡¡¡por fin es llana!!!…así que empiezo a correr hasta que de repente un… “ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh…hostiaaaaaaaaaaassssssssss qué daño!!!!!”, que me hace parar en seco.

Noto que algo grave debe pasarme en una uña, porque me arde como si me la estuvieran arrancando. ¡Qué dolor! A esas alturas de la carrera, ya no era momento para parar, quitar polainas, medias, calcetines y zapatillas…sino de seguir, como mejor pudiese y llegar. 
Voy cojeando totalmente, porque no puedo apoyar la parte delantera del pie.

La historia interminable es un corto comparado con esos kms que me quedan. Entre la cojera y el tendón de Aquiles que lo llevo estirado tal que un tirachinas, deseo teletransportarme, no sé ya si a meta directamente o a las playas de Cancún, que total tampoco están tan lejos.

La parte positiva que voy pensando es que, si eso me llega a pasar antes, no acabo la etapa ni de coña, así que aún he de dar gracias a mis pies y piernas, por su paciencia.

Al ver a Mariano y a papi, salir del campamento, chillando como locos, animándome, saltando, corriendo a mi lado, se me pasa todo y voy minitrotando con un dolor de mil demonios en los pies, junto a ellos, hasta meta. 
Me recibe también Eusebio con una gran ovación y tal cual llego tiro los bastones a tomar viento fresco, que estoy de todo lo que llevo encima tras 11 horas de carrera, hasta el mismísimo moño (con c).

Etapa 2 segunda parte

Directa al llegar, me fui a la enfermería junto a Rami (que también llevaba los pies para amputar). Allí estaba mi amiga Estrella, canaria encantadora cuyos pies eran otro mapa y entre unos y otros nos fuimos animando para el momento curación. Recuerdo el dolor al pincharnos las ampollas y meternos aquel líquido rojo y se me ponen los pelos como escarpias. Literalmente gritábamos todos, hombres, mujeres, blancos, amarillos, ingleses o franceses. El dolor, no entiende de razas, fronteras, ni género.

Cuando el médico francés que me cura, me dice, que antes de la última etapa, debo volver a curarme, porque tengo 2 uñas infectadas y una a punto de arrancarse de cuajo (la que me mató de dolor en carrera), me viene a la mente un único pensamiento… “va a volver tu santa madre” (lo de santa, es por hacerme la santa).

De noche ya, nos reúnen a todos los corredores en meta para esperar y recibir como se merecen, a los últimos que finalizan la etapa larga. Incluso con los pies llenos de vendajes, nos marcamos allí unos bailes y lo pasamos en grande. Los voluntarios son geniales y dan alegría hasta a una piedra.
Lloro de la risa con Marce, que al estar pasándolo tan bien bailando sin parar, no tiene ganas ni de que lleguen los últimos a meta.

Teníamos dos días para la etapa larga y al haberla finalizado, el siguiente día fue para descansar. Charlar, reír, dormir pequeñas siestas bajo la única sombra con la que contábamos, meternos un poco en el agua (los valientes, yo sólo hasta la cintura)…y lo mejor de todo…comer lo que nos quedaba, con desespero. Pufff…qué hambre se pasa con los puñeteros liofilizados!!!





Etapa 3,  22.2 kms

A pesar de no tener ganas, fui la tarde anterior a curarme otra vez las heridas de guerra. Y de nuevo volví a morderme las manos para aguantar el dolor. 


Dormí fatal porque llevaba manos, brazos, piernas y cuello totalmente quemados y cada vez que algo me tocaba, ardía en llamas. Unido a eso, me acompañaba el dolor del tendón de Aquiles, que me tenía muy asustada. Mariano me había puesto un trozo de k-tape por el gemelo y al despertar, lo sentía mucho mejor…
pero los pies, ays los pies!!!

Faltando pocos minutos para dar comienzo la tercera y última etapa, Patricia (una mamá argentina, que compartía carrera con sus dos hijos maravillosos, Joaquín y Bella), me dice que me va a dar noséquéfármaco, que va a conseguir que no sienta tanto dolor en mis uñas maltrechas.
Yo, que recién me acabo de poner las zapatillas y no puedo ni caminar, soy capaz de tomarme hasta la epidural por la boca.

Me la trago sin agua ni nada y espero con ansia el efecto, que gracias al ambientazo que hay en el campamento, desmontando todo el mundo las tiendas, riéndonos de lo complicado que se hace conseguir el “8” con el método pliega-fácil que dicen tener, me llega más pronto de lo esperado. Sigo notando una de las dos uñas tocar el borde de la zapatilla, pero voy pudiendo tolerar el dolor.


Se colocan los camiones militares a las dos partes de la línea de salida y allí, con fotos, alegría, canciones y la motivación por las nubes, salimos en bandada a por nuestro último trayecto por el desierto.


Otro día con un recorrido precioso.


A partir de nuestro paso por el primer avituallamiento (km8), donde Dani nos anima como un descosido a todos los que vamos subiendo el cuestón hasta donde se encuentran, las vistas mar-desierto, son alucinantes.

La etapa es corta, la ilusión infinita y la mochila por fin, pesa algo menos, por lo que en cuanto los tramos son más llevaderos, todos corremos con ganas. De vez en cuando noto mis dedos quejarse, pero en general me sorprende el super efecto de la pastilla que me ha dado Patricia…¡¡no me duelen los pies casi nada!!

Cuando llego al 2º avituallamiento y pienso que ya voy por el km 15 y que en poco más de 7 kms, habré terminado esta nueva vivencia, ya se me encoge el estómago y se me nubla la vista de la emoción hecha lágrimas. Quiero aguantar y no romper a llorar, que 7kms de desierto no son 7 de asfalto y sé que se me pueden hacer interminables si encima los hago moqueando. 

Faltando 5 kms, oigo la música de meta a lo lejos…puffff…¡¡qué cerquita está ya!!

Pienso en mis niños que habrán terminado hace un montón de tiempo y en que igual, estarán de camino en bus (o colectivo, que dicen ellos) al hotel de Paracas. Pienso en la de cervezas que nos vamos a beber en la cena de gala y sonrío. Pienso en que quisiera ser tan suertuda como Patricia y que algún día, mi pequeña venga conmigo a estas carreras. Ays mi peque, mi niña, mi Lunita bella, cuantas veces he pensado en ella durante todas las etapas, calculando la diferencia horaria e imaginando qué estaría haciendo y dónde...Pienso también en mi padre, en cómo siento su compañía en todas mis carreras, en su empuje en los momentos de flaqueza (y en cuánto daría por volver a abrazarle). 

Subimos una última duna y desde lo alto, veo el arco de meta. Se me sale el corazón del pecho. Noto las pulsaciones a cien mil.

Por la bajada se ha de ir de lado y oigo el eco de mis pies pidiendo socorro al cambiarles la posición de la pisada. Ni caso les hago…y corro. Corro todo lo que puedo, como si acabara de empezar, con una ilusión infinita por llegar y cruzar una nueva meta.

Una vez más, intento enfocar (qué cegata estoy, la virgen!), porque a medida que me acerco, me parece reconocer los pantalones azul claro de Mariano, ver a varias personas antes de meta, levantando los brazos y corriendo hacia mí. No me lo puedo creer…¡¡Son ellos!!…¡son mis niños que están esperándome!!...qué alegría por favor, qué sorpresa, qué cariño tan enorme siento por todos ellos!!

Vienen hacia mí, Edu ondeando la bandera de España que tanto nos ha dado que hablar y reír estos días, Rami, cogiéndome de la mano con intención de ayudarme a correr hasta el final, Mari chillando como un descosido “dale Syl”, Carlos corriendo y uniéndose por un lateral, Hervé viniendo por el otro y papi Marce saltando a nuestro alrededor como si sus pies se hubiesen convertido en muelles. 


Representación fotográfica de mi semana en Perú (lástima no sacaran a Hervé, que estar, estaba). 
La llegada a meta, con mi nombre coreado al unísono por los 6, se ralentiza como si estuviese soñando y sucediendo todo a cámara muy lenta. Por primera vez en mi vida, no brotan pensamientos a borbotones en mi mente, lo único que brota es sentimiento. 
El maravilloso sentimiento de querer a 6 personas, de las cuales 5, ni existían en mi vida tan sólo 5 días atrás. 
La magia de la amistad, de la unión, de la sensación familiar que se siente cuando se convive y se comparte lo poco que se tiene. 
Ellos han sido mi familia, mi apoyo y mi alegría…y no puedo más que sentir lo mucho que Perú formará parte de mí mientras viva, al igual que lo formarán ellos.

Rompo a llorar al unirnos los 7 en un gran abrazo de equipo. 

El inolvidable abrazo del equipo 49.



Se lo he repetido muchas veces, pero vuelvo a dar las gracias a mi amigo Mari por haberme hecho formar parte de esta carrera y de su grupo de amigos.

Gracias a él y también a Marce, Rami, Hervé, Edu y Carlos, por la semana tan espectacular que vivimos juntos en Perú, tanto en la carrera, como en nuestro posterior viaje a Cusco y Machu Picchu. Gracias por saber disfrutar de todo, de las dunas, de los kms, de la música, del tequila, del pisco power y de los bailes, sin dejar de ser megafantásticos...(aunque menos corriendo, la campeona fuera yo... ;-). También a Bella, Joaquín, Nano y Mauro, que compartieron parte del viaje con nosotros. 

Gracias especiales a todos los compañeros de carrera argentinos, que me hicieron sentir ganas hasta de pedir la doble nacionalidad.

Gracias a la organización, que para ser la primera edición Perú, me pareció espectacular. Tanto voluntarios, organizadores, como médicos, tuvieron un trato familiar y acogedor con nosotros en todo momento. 

Gracias, como no, a mi gente, que me quiere y apoya incondicionalmente allá donde voy y a todos (que son un montón) los que dedicaron parte de su tiempo a enviarme mensajes al desierto a través de la organización (valen oro cuando se está tan incomunicado de la civilización).

De verdad que he sido muy feliz y esa felicidad me la habéis aportado todos vosotros. 

Un millón y pisco de gracias. 




2 comentarios:

Genín dijo...

¡Que entrada tan maravillosa Sil!
Te ha quedado redonda, yo creo que es la que mas me ha gustado y eso que todas me han gustado siempre un montón, pero con esta te has superado, mis sinceras felicitaciones, por la entrada, pero por supuesto, por lo que la ha motivado, eres una campeona, sin duda alguna.
Besos y salud

Daniel Castillo dijo...

Mi corredora favorita, linda bella y hermosa Sylvie. Te quiero mucho y espero que este año que viene sea de muchas más aventuras. Veo en ti un gran modelo a seguir, nunca se me olvida tu sonrisa de cara a cara, eso es bonito ya que dice mucho de como enfrentas a la vida. Saludos y nos vemos pronto. Att. Dani